Skyline de Barcelona, hoy

lunes, 28 de enero de 2013

¿Llegó el canto del cisne de las librerías?

El descenso de la venta de libros con respecto a 2008 gira en torno al 40%
En sólo unas semanas han cerrado unas cuantas librerías más o menos conocidas y señeras, lo que inevitablemente ha llevado a la pregunta: ¿está muerta la figura del librero? ¿cómo puede reinventarse para obtener su sitio propio en estos tiempos en los que un internauta puede conseguir que Amazon le mande gratis el libro que busca, y que en un par de días llegará a sus manos sin necesidad de moverse de casa?
A todos nos acucia la nostalgia cuando se va al garete un establecimiento en el que nos pasó algo importante -la librería en la que una tarde nos encontramos con Leopoldo María Panero, la librería a la que fuimos a escuchar a Félix de Azúa, la librería en la que nos quedamos agarrados para siempre a un poema que leímos por casualidad en un libro que hojeamos como tantos otros- y ese algo importante puede ir desde conocer a alguien hasta descubrir al azar un libro sin el que tu vida no hubiera sido exactamente igual. Me puse de luto el día que en Sevilla cerró la librería Montparnasse, no porque cerrara una librería sino porque clausuraban el lugar donde encontré la poesía de Eliot, esas añagazas autobiográficas que ayudan a que el cierre de una librería sea siempre algo más que la consuetudinaria tragedia que acontece cuando un negocio se va a pique. Pero ello no obsta para reconocer que las librerías, sobre todo las pequeñas, lo tienen cada vez más complicado para resistir.
La crisis económica en la que cada cual flota como puede, es sin duda culpable de que, dado que uno de los sectores más perjudicados por esas olas de 15 metros es el de la clase media (y dentro de ella mucha gente que antes tenía entre sus costumbres gastar una tarde en librerías y dedicar parte de su presupuesto a la compra de libros), se haya visto reducido alarmantemente el nivel de ventas de libros en España -casi un 40% con respecto a 2008, año oficial del comienzo de la crisis- a pesar de lo cual no parece haber aflojado apenas el número de títulos que se edita. La oferta sigue siendo extraordinaria, la demanda nunca lo fue, pero ahora menos que nunca, ahora es prácticamente impotente, aunque lo bueno de los sellos pequeños es que con vender 300 ejemplares, no pierden.
Es verdad que la proliferación de sellos pequeños e independientes es un sanísimo signo de los tiempos, dado que hacer libros y sacarlos al mercado no es un negocio que exija excesiva inversión, pero sí exige de los libreros una atención y un nivel de información que, lamentablemente, no siempre se da. También es verdad que el patológico sistema de distribución y facturación de libros en España juega en contra de los libreros, que pueden pasarse la vida haciendo y deshaciendo cajas, pagando por libros que no van a vender y que devolverán, reintegrándole lo pagado, sí, pero exigiéndole una pérdida de tiempo precioso o contratación de personal.
Las grandes distribuidoras, que se diría que en unos tiempos de alta tecnología, deberían ser las más perjudicadas porque desaparecen los intermediarios, siguen sacando sus réditos mezclando el humo y la paja: es curioso que el que pone los camiones gane más que el que edita el libro y más que el que lo vende, pero así es. Y no parece que todavía la clientela esté lo suficientemente preparada como para cargarse, nunca mejor dicho, al mensajero, tomando sus propias decisiones y no haciéndole caso al más influyente crítico literario de la época, es decir, el comercial de los grandes almacenes.
Parece claro que alguna metamorfosis ha de operarse en las librerías para poder resistir el huracán, y buena prueba de ello es que algunas de las que resisten no paran de ofrecer a sus clientes algo más que libros. Las librerías son ya lugares donde puedes encontrar algo más que libros: en realidad las buenas librerías siempre lo fueron, porque el librero era una figura esencial en el mecanismo mediante el cual un buen libro que tenía el handicap de haber sido escrito por un desconocido o publicado por una editorial pequeña, remontaba el vuelo gracias a que a la pregunta ¿qué me recomiendas que lea? había libreros que no respondían la asesina cantinela: «Éste se está vendiendo mucho». Por ejemplo la Librería Alberti de Madrid, que desde hace años se viene destacando como un foco de actividad cultural que permite encuentros con autores, recitales o presentaciones de libros.
Otra posibilidad es la de la especialización, aunque no parece que haya especialidades con público suficiente, porque hace unos meses cerró Hiperión en Madrid, librería donde casi cualquier libro de poemas publicado en casi cualquier rincón de España tenía sitio. Y una de las que han cerrado en estos días era una librería dedicada en exclusiva a los libros de viajes.
En el otro rincón de la balanza del éxito o el fracaso se sitúa La Central, que ha abierto un impresionante espacio en Callao (Madrid) del que es complicado salir sin un libro pero en el que también se puede asistir a una presentación o quedar a tomarse un café. Vio uno nacer a La Central en la Barcelona de mediados de los 90, y que hayan llegado a abrir un espacio tan inolvidable como La Central del Raval o éste de Callao sólo tiene un secreto: la excelencia. Excelencia de los espacios, excelencia de criterio de exposición, excelencia en la atención. Así que su conversión en gigante, habiendo empezado con un pequeño establecimiento en el Ensanche barcelonés, es uno de los más admirables milagros de la cultura española de estos años.
Dejemos el pesimismo para tiempos mejores. Es verdad que la cosa no está muy boyante ni para libreros ni para autores ni para editores. Pero el principal problema, por mucho que nos paremos a examinar aspectos del negocio que deben transformarse para adecuarse a lo que hay, sigue siendo el mismo de siempre: la falta de lectores suficientes. Crear lectores es una urgencia a la que no parece querer atender ninguna autoridad competente. Alguien, profesor en la universidad, me contaba que la lectura que tenían que hacer los estudiantes de segundo es El árbol de la ciencia. Nosotros, hace ya, ay, 30 años, lo leímos en primero de BUP. Ahí está, creo yo, la verdadera tragedia.